Homilía

 

DOMINGO XXVI

 

   Nunca  me ha resultado fácil predicar. Recuerdo mis primeros años de presbítero, que en algunas ocasiones venían a preguntarme que  “de que lado estaba”. Y entendéis la pregunta, los que preguntaban no eran muchachas del servicio doméstico, ni obreros de alguna fábrica, eran los que venían a misa, en alguna ocasión eran militares, en otras gente pudiente.

   ¿De qué lado estoy? Del evangelio, de la buena noticia de la salvación, también de la salvación del que se siente oprimido, por la opulencia y el ansia de poder, lo mismo que del que se siente oprimido por el poderoso.

   Me decían tiempo ha una buena señora. “Estoy entre barrotes de oro, pero siguen siendo barrotes, no me siento libre. Y otra se explayaba diciéndome: Tengo muchas fincas, los hijos peleados, siempre estoy triste. Y efectivamente cada vez que me visitaba se le notaba su amargura. Murió, sus hijos sabían que me visitaba, pero no me avisaron para que celebrara una eucaristía, yo sí me acuerdo mucho de ella en mi plegaria y le pido a Dios que hay sido misericordioso con ella y con sus hijos.

   ¡Cuántas anécdotas de ricos y pobres podría ir comentando!

   Pero aquí está la palabra de Dios, en el día del Señor. Amos resulta incómodo a los pudientes, a los opresores del pobre, y son los que invocan al Señor. Ser opresor y recitar el padrenuestro es una contradicción.

   La Palabra de Dios no es para el más allá, sino para esta vida presente, para que reflexionemos, y no esperemos grandes acontecimientos para corregir nuestros errores. Hoy también tenemos a Moisés y a los profetas a quienes tenemos que escuchar”, si no les escuchamos a ellos, aunque suceda un gran portento no nos hará  cambiar, buscaremos las mil razones para justificar nuestro injusto proceder.

   Dicen que no hay mejor sordo que aquel que no quiere escuchar, y a veces las personas no queremos escuchar, o sólo escuchamos a los que nos dan la razón.

    Es necesario cambiar. Me resulta difícil comprender a los políticos, no entiendo su discurso y su manera de proceder. Antes se acusaba a los sacerdotes y a la Iglesia de meter miedo a la gente con las penas del infierno para tenerlas dominadas. Pero es que ahora en boca de los políticos es “el pan nuestro de cada día”. “Si vuelven los otros (nos dicen) será un desastre. Nosotros somos los buenos, los demás son el mal. Nos toman como niños sin capacidad de distinguir lo que está bien y lo que está mal. Y está muy mal el que unos tengan tanto y otros tan poco. Y es un escándalo que unos pocos amontonen tanto capital y que éste no genere puestos de trabajo o una mejor distribución de los bienes.

    Hemos vivido demasiados escándalos. Parafraseando la parábola del evangelio diría que: entre ricos y pobres se abre un gran abismo que no se puede cruzar, pero tal vez habría que intentar tender puentes en esta vida presente, para que se reduzca dicho abismo y sea posible el intercambio entre ricos y pobres. No esperemos el más allá, la parábola es para hacernos reaccionar, aquí y ahora.

   Lo digo una vez más, no es problema de producción, sino de una buena distribución. No se trata de ahogar las empresas, pero tampoco de oprimir al obrero. Tal vez las grandes empresas del siglo XXI son los estados, los que gobiernan y mal administran los recursos. No ahoguemos al pequeño autónomo que trabaja de sol a sol para sacar adelante a su familia y a algunos allegados.

   Los creyentes  no podemos desentendernos de estas realidades, como a Timoteo, se nos llama a practicar la justicia, la fe, el, amor, la paciencia, la delicadeza: Ejercitarnos en el buen combate de la fe.

   Hay que reconocer que el mundo ha hecho pasos positivos en la dirección que apunta el evangelio. En muchos países se ha generalizado  la Seguridad Social, el acceso a la enseñanza, el derecho de los trabajadores.

   Pero habrá que seguir trabajando para que esto sea realidad en todos los países del mundo y los derechos humanos, no estén sólo en las leyes y sea una cultura adquirida y vivida.

    Desde siempre la eucaristía ha sido tomar parte en la mesa fraternal, no hay ricos ni pobres y los que pueden ayudan, sin hacer ostentación, a los que tienen necesidad. No es válido celebrar la eucaristía y oprimir al obrero  o cerrarse a la necesidad del hermano.

 

P. Miguel Bonet C.R.

 

 




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