Homilía
SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA.
Y si os digo que estoy un tanto confundido ante el mundo en que me ha tocado vivir ¿qué pensaréis de mí? Hablo desde Cataluña, desde España desde Europa, o podría decir ¿Desde el mundo entero? ¿Qué clase de personas humanas nos estamos haciendo? ¿Qué tiene que ver mi fe cristiana con la vida de cada día?
El evangelista San Juan hoy nos recuerda que el primer día de la semana los discípulos están reunidos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, pues seguramente temían que lo que había pasado al Maestro, también les pasara a ellos.
Un día sí y otro también las noticias nos recuerdan las últimas medidas tomadas por los gobiernos de turno por miedo a la “prima de riesgo” y metiéndonos miedo en el cuerpo, creando desconfianza e invitándonos a denunciar el pequeño defraudador, mientras que los grandes capitales defraudados se diluyen no se sabe donde.
¿Tiene algo que ver lo que celebramos los cristianos con la vida diaria de los hombres?
Desde la fe tendríamos que responder que sí. Aunque todos los hombres no hayamos asimilados las actitudes de Cristo. Y como a Tomás dos puedan asaltar las dudas.
El espíritu nos habla de perdonar. Los gobiernos nos hablan de “recortes”, bajo la amenaza de “intervención”. Los predicadores amenazantes ya no están en las iglesias, sino en los gobiernos.
Los humanos necesitamos justicia, pero también una gran dosis de amor, de misericordia y perdón y otras oportunidades para corregir nuestras equivocaciones.
No está bien incitar a denunciar al pequeño defraudador para beneficiarme. Crear desconfianza no es buen camino para superar la crisis.
El primer día de la semana empiezan unas relaciones humanas nuevas, una nueva creación todos los miedos se superan y aunque, puedan asaltarnos las dudas, como a Tomás, queremos creer que un nuevo estilo de vida es posible. Los Hechos de los Apóstoles hoy os hablan de una comunidad que vivía en comunión y era bien vista. Los cristianos del siglo XXI tendremos que encontrar la forma de hacer presente a Cristo, no sólo en los sacramentos, sino también en los hechos, no echándolos los trapos sucios a la cabeza, sino limpiándolos con la misericordia y el perdón, aunque no siempre se nos comprenda.
P. Miguel Bonet C.R.
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